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Salamanca volvió a rendirse anoche a Miguel Poveda. El artista presentó en el Centro de las Artes Escénicas y de la Música (CAEM) su nueva gira, El árbol de la alegría, un espectáculo íntimo, honesto y profundamente humano que conectó desde el primer momento con el público salmantino.
Desde que pisó el escenario, Poveda demostró por qué es una de las voces más respetadas del flamenco contemporáneo. Su cante, lleno de matices y verdad, transitó por distintos palos con una sensibilidad extrema, alternando pasajes de enorme fuerza con otros de absoluto recogimiento. El público del CAEM respondió con un silencio respetuoso, consciente de estar asistiendo a una noche especial.
En uno de los momentos más cercanos del concierto, Miguel Poveda se dirigió al público para recordar que estábamos allí para disfrutar, para olvidar por unas horas las malas noticias que nos bombardean a diario, noticias ante las que muchas veces nos sentimos impotentes, “porque no podemos hacer nada y cuando podemos, no nos dejan”. Sus palabras resonaron con fuerza en el auditorio, reforzando la idea de la música como refugio y espacio de resistencia emocional.
El instante más emotivo de la noche llegó cuando el cantaor detuvo el concierto para encender tres velas sobre el escenario, un gesto cargado de simbolismo con el que dedicó la siguiente canción a su padre y a todas las personas que ya no están. El CAEM quedó entonces envuelto en una atmósfera de recogimiento, memoria y emoción compartida.
El árbol de la alegría es una gira que habla de raíces, ausencia y esperanza, y en Salamanca encontró un público completamente entregado. Miguel Poveda se despidió visiblemente emocionado, agradeciendo el cariño recibido en una ciudad con la que mantiene una conexión especial.
Una noche inolvidable en el CAEM que confirma que Miguel Poveda no solo canta: emociona, conmueve y deja huella.